Del plan improvisado al gasto calculado
En 1965, un ticket para ver a The Beatles podía costar entre $4.50 y $5.65 dólares, lo que equivaldría a unos $51 de hoy. En 2026, el precio promedio de una entrada para un concierto ronda entre los $122 y $136.
Asistir a un concierto ya no es un plan esporádico. Requiere planificación económica y presupuesto. Cuando una experiencia que solía costar “chele” llega a costar 200 dólares, y que eso nos inmute, quizás es momento de preguntarnos en qué momento ir se convirtió en un lujo.
Los precios
Cada vez los precios son menos accesibles, y podemos atribuir este aumento, en parte, a cuatro razones:
La producción: Los costos de transporte, logística, energía y montaje de grandes escenarios han aumentado drásticamente, haciendo que llevar un show al público sea una operación cada vez más costosa
Precios dinámicos: algoritmos que aumentan automáticamente el precio según la demanda. La industria sostiene que simplemente refleja el valor real del ticket en el mercado. En la práctica, terminan midiendo cuánto está dispuesto a pagar un fan por no quedarse fuera.
Monopolios del mercado: Grandes empresas que controlan y monopolizan una parte importante del mercado, añadiendo cargos adicionales artificiales que elevan el precio final. Tenemos el ejemplo en USA de Live Nation-Ticketmaster.
Reventa: Los tickets revendidos pueden alcanzar precios entre un 15% y un 122% superiores a su valor original.
Cuando la demanda es inelástica, las empresas maximizan sus ganancias elevando los precios hasta encontrar el límite que los consumidores están dispuestos a pagar.
Los que salen perdiendo
Estos aumentos afectan a cualquiera que quiera ver a su artista favorito, pero no hay que olvidar que ir a un concierto era más que solo eso. A veces, representaba tomar ese riesgo de conocer algo nuevo. Ir arrastrado de último momento por un amigo o por curiosidad y terminar enamorado de una banda o artista.
Esta espontaneidad no puede existir si el costearse un show cuesta lo mismo que una factura de luz. Y eso sin calcular los gastos adicionales como el transporte, la estadía (si es necesario), la comida, las bebidas… Ni hablar del merch.
Estamos cambiando completamente el concepto de ir a un concierto. ¿Hasta cuándo estos eventos seguirán siendo accesibles, dentro de su nueva definición, antes de convertirse en una experiencia “high end”? Reservada para quienes estén dispuestos y puedan pagar por ella.
Los artistas
Los fans no son los únicos que terminan perdiendo. Esa misma pérdida del “fan casual” también afecta a los artistas, especialmente a los emergentes y en desarrollo, que dependen de los conciertos como una de las principales vías para ser descubiertos. Si solo pueden venderle a quienes ya son superfans, su audiencia deja de crecer.
En un contexto donde el streaming genera pocas ganancias, depender cada vez más de los shows mientras los costos de producción y gira aumentan vuelve este modelo cada vez menos sostenible.
Al mismo tiempo, la industria tiende a apostar por lo conocido: un artista probado es más fácil de contratar, asegurar, vender a patrocinadores y promocionar. El resultado es un mercado que prioriza escala y reduce riesgos, dejando menos espacio para quienes todavía están construyendo su público. Basta con mirar los lineups de muchos festivales: una industria cada vez más concentrada alrededor del mismo grupo de artistas.


