MUCHA TECNOLOGÍA EN UNA VIDA DE MIERDA
El cyberpunk no llegó como lo imaginamos. No es de color neón, ni tiene carros voladores. Llegó en forma de apps, algoritmos, tarjetas digitales, amor al K-pop, al anime, al minimalismo… y con millonarios que controlan completas industrias.
EL FUTURO DEJÓ DE IMPRESIONAr
Cada día vemos cómo la tecnología se vuelve más parte de lo cotidiano. La idea del futuro ya no nos impresiona. Cosas que antes parecían ciencia ficción, como la vigilancia digital, la data invisible, incluso los chips implantados en el cerebro, de manera increíble, empiezan a formar parte de nuestra realidad.
Y en ese proceso, no solo los datos tienen valor, también nuestros cuerpos.
Se optimizan, se exponen, se monetizan. Dejan de ser solo identidad y se convierten en capital. Pero también, en algunos casos, en forma de resistencia. Mostrar el cuerpo, intervenirlo, performarlo… puede ser tanto adaptación al sistema como rechazo al mismo. Una forma de jugar con las reglas, de reapropiarse de la imagen, de convertir lo que debería ser control en expresión.
Lo vemos todo el tiempo, especialmente en redes sociales. En un extremo, el cuerpo se convierte en producto: se vende, se presenta estratégicamente, como en el caso de influencers o plataformas como OnlyFans. En el otro, el cuerpo se transforma como respuesta: se modifica, se interviene, desde teñirse el pelo hasta tatuarse los ojos, como forma de romper con los estándares y hacer una declaración.
El cuerpo empieza a funcionar como moneda y esto se evidencia en aspectos como vender contenido hasta moldear nuestra imagen para los algoritmos.
todo avanda menos la vida
Pero mientras todo avanza, la calidad de vida no necesariamente mejora. Cada vez más vemos como a las nuevas generaciones les cuesta vivir solos, sostenerse, proyectar stabilidad.
No es solo una percepción. En muchos casos, los ingresos no han crecido al mismo ritmo que el costo de vida. La vivienda, la comida, la educación… todo sube. Pero los salarios no necesariamente acompañan ese ritmo. No aplica para todos, pero sí apunta a algo más grande: una sensación generalizada de inestabilidad.
eL poder no desapareció,
solo cambió de forma
Y mientras nos concentramos en personalizar nuestro propio avatar, en buscar formas de sobrevivir en esta locura de mundo, real y digital, hay algo más pasando: En esos momentos de distracción, las grandes empresas consolidan su poder. No solo dominan mercados, sino que influyen en cómo nos comunicamos, qué consumimos y hasta cómo pensamos.
Lo que hace unas décadas parecía progreso, hoy empieza a parecerse demasiado a otra cosa. A un mundo que la ciencia ficción ya había imaginado: uno donde la tecnología avanza más rápido que la calidad de vida.
Tal vez… cyberpunk.
¿Qué es el Cyberpunk?
Surge en la década de los 80 como una corriente de la ciencia ficción obsesionada con esa misma contradicción: avances tecnológicos brutales conviviendo con sociedades cada vez más desiguales. Historias donde la cibernética, las corporaciones y la cultura rebelde se mezclan en un mismo espacio.
La verdad es que, cuando pensamos en Cyberpunk lo más probable es que imaginemos una escena de Blade Runner: donde todo es color neón, estética asiática, personas con partes robóticas, carros voladores y un Harrison Ford en sus 40’s. Un futuro lejano, hiperindustrializado, lleno de hackers rebeldes y vigilancia tecnológica.
O nos imaginamos una estética futurística asiática, lo cual también fue una gran influencia: letreros en japonés, megaciudades densas, tecnología avanzada. En los años 80, esto reflejaba una mezcla de fascinación y ansiedad hacia el crecimiento tecnológico de Asia, especialmente de Japón
La verdad es que, no está tan lejos de lo que vivimos hoy.
Nunca fue el futuro, es el ahora
Vivimos hiperconectados, pero cada vez más limitados. Consumimos constantemente, mientras criticamos el sistema que nos define. Buscamos independencia dentro de estructuras que dependen de nuestra dependencia. No vivimos en el futuro que imaginamos. Vivimos en uno que aprendimos a normalizar.


