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La nueva gira de Cerati

Cerati, Rock, Soda Stereo

CERATI, DECAAAANSAAAA

Los días 21 y 22 de marzo inició, en el Movistar Arena de Buenos Aires, la gira de más de 40 fechas y 15 ciudades de Soda Stereo, “Ecos”. Nace desde la idea del reencuentro, abarcando distintas etapas discográficas de la banda. No se trata de una despedida ni de una celebración retrospectiva: es un espectáculo concebido desde el presente.

Cómo así que va a cantar?

Esa idea de “presente” no es menor, sobre todo cuando se compara con la Gracias Totales Tour, donde el reencuentro se construía a partir de invitados y colaboraciones que ocupaban el lugar ausente de Gustavo Cerati. En “Ecos”, esa mediación desaparece y se intercambia por una apuesta más radical por la formación original del trío. La premisa es simple: Cerati va a cantar junto a Zeta Bosio y Charly Alberti. 

Su presencia se construye a través de un holograma que combina inteligencia artificial, renderizado 3D de alta densidad y captura de movimiento. Para lograrlo, se procesaron miles de horas de grabaciones en vivo con el objetivo de mapear sus gestos más reconocibles: la forma de colgarse la guitarra, su manera de cantar, su desplazamiento por el escenario. El resultado concluyó en una reconstrucción precisa de lo que alguna vez fue.

El uncanny: No se siente humano

La recepción entre los fans no tardó en dividirse. Mientras algunos celebraban la emoción de volver a ver a Soda Stereo en escena, otros cuestionaban si realmente algo sin humanidad podría generar emoción real. El propio Gustavo Cerati ya lo había anticipado en 1985, en “Nada Personal”, cuando hablaba de una “comunicación sin emoción, una voz en off con expresión deforme”.

Lo que realmente ven los fans no es una presentación en vivo. ¿Qué significa realmente “en vivo” cuando el protagonista ya no está? Si la tecnología puede reconstruir cada gesto, cada movimiento y cada sonido, lo que aparece en escena no es una presencia, sino un archivo activado. La tecnología no revive artistas, revive registros. Y esa espontaneidad que los representa simplemente no se puede programar.

Su presencia se construye a través de un holograma que combina inteligencia artificial, renderizado 3D de alta densidad y captura de movimiento. Para lograrlo, se procesaron miles de horas de grabaciones en vivo con el objetivo de mapear sus gestos más reconocibles: la forma de colgarse la guitarra, su manera de cantar, su desplazamiento por el escenario. El resultado concluyó en una reconstrucción precisa de lo que alguna vez fue.

¿Hasta cuándo es correcto que la nostalgia nos atrape?

Aunque también es cierto que este concierto permite que nuevas generaciones tengan la oportunidad de gozar la experiencia de ver a Soda Stereo, se mantiene la cuestión de que lo que están experimentando no es un encuentro real, pero una simulación cuidadosamente curada. 

También pudiéramos estar hablando de una explotación de la nostalgia: un aprovechamiento tanto de los fans originales como de su vínculo emocional con la banda. Un legado que no se quiere perder, porque de una forma u otra asegura venta. Cuando el dinero entra en juego, la nostalgia deja de ser memoria y se convierte en mercancía.

¿Estamos consumiendo memoria en lugar de crear cultura?

¿Es una falta de respeto?

Se pone la pregunta incómoda de: ¿esto es un homenaje o una falta de respeto? Para muchos, Zeta Bosio y Charly Alberti no han dejado de lucrar con la marca Soda Stereo desde la muerte de Gustavo Cerati, una forma de seguir monetizando una ausencia. Pero esa lectura, aunque fácil de asumir, también simplifica algo más complejo: tocar juntos otra vez puede ser, al mismo tiempo, un gesto de duelo, una forma de cierre o incluso una necesidad emocional difícil de traducir en términos de mercado.

El problema no está solo en la intención sino en cómo se percibe desde fuera, en una audiencia que oscila entre la emoción y la sospecha, incapaz de decidir si está presenciando un acto de memoria o una explotación cuidadosamente producida.

Hay que dejar que las cosas mueran

Dejar que las cosas mueran también es una forma de respeto. No desde el olvido, sino desde la comprensión de que hay experiencias que existen precisamente porque terminan. Un concierto, en su esencia, es eso: algo irrepetible, atravesado por el error, la presencia y el momento. Al intentar fijarlo, reproducirlo o extenderlo indefinidamente, se transforma en otra cosa. Por eso, quizás, no se trata de olvidar a Gustavo Cerati, sino de aceptar que su ausencia también forma parte de su obra, y que hay legados que se honran mejor cuando se dejan en paz.

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Matilda Voigt

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